En la inmensidad del mar, en medio del oscuro manto de la noche, grandes olas zarandeaban al Rey de Espadas, un navío de 53 pies de eslora que había sido tomado desprevenido por un temporal. A bordo, cuatro hombres luchaban por mantener el rumbo en las aguas del golfo de Fonseca, ignorantes de que estaban a merced de una tormenta tropical que evolucionaba a huracán. No había puerto cercano.Tres horas de torrencial aguacero, vientos de 30 a 40 nudos; marejadas de cuatro a cinco metros, que a los marineros les parecían muros de agua como de veinte metros de altura, fue, sin duda, una situación de emergencia que puso en peligro sus vidas.Sin embargo, la tripulación no se arredró.
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El viaje del Rey de Espadas
Introducción de Juan José Morales Barbosa
Apasionado del mar, a poco de establecerse en Isla Mujeres, el licenciado José de Jesús Lima adquirió un pequeño yate, el Chac, con el que navegaba a lo largo de la costa, viajaba ocasionalmente a Cozumel y realizaba excursiones de buceo.
En esas andanzas marineras lo acompañaba su hijo Esteban, y ambos comenzaron a madurar un plan de gran alcance: navegar del Caribe al Pacífico por el Canal de Panamá.
Finalmente, aquel sueño se convirtió en realidad, aunque a la inversa: de Acapulco a Isla Mujeres. Y el viaje no fue en el Chac, sino en El Rey de Espadas, un yate que había pasado a manos de Lima en la forma que se verá a continuación y que se encontraba en Acapulco, de donde había que trasladarlo hasta Isla Mujeres.
Pero dejemos a Esteban relatar la experiencia.
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En esa época el “Lic” Lima y yo acostumbrábamos salir casi diariamente a velear y bucear en el Chac. Para ambos deportes se necesita coordinación y buen entendimiento de equipo, que se logran únicamente con la práctica.
Durante esos viajes comentábamos que estaba pendiente el viaje por el Canal de Panamá, del que habíamos comenzado a hablar en un recorrido de Isla Mujeres a Cozumel.
Parecía que todo se quedaría en planes, pero mi padre hizo un curioso trueque con su gran amigo el banquero Aníbal de Iturbide: le cambió nuestra casa de Cuernavaca —que ya no usábamos porque vivíamos en Isla Mujeres— por un hermoso yate, El Rey de Espadas, fabricado en Noruega que Don Aníbal había comprado en San Diego.
Él ya casi no lo usaba, excepto para paseos por la bahía de Acapulco, porque en su primer viaje, de San Diego a Acapulco, un temporal lo zarandeó de tal manera que ya no quiso volver a navegar.
Como había que trasladar el yate de Acapulco a Isla Mujeres, el soñado viaje por el Canal de Panamá iba a convertirse obligatoriamente en realidad.
Un día recibí de la Ciudad de México un mensaje telefónico a través de la oficina de telégrafos de Isla Mujeres: se confirmaba el viaje por el Canal de Panamá en El Rey de Espadas. Tripulación: el “Lic.” Lima como capitán; un patrón de costa como práctico y navegante; un mecánico, el cocinero y un “todólogo”, Esteban Lima. Invitados: Don José Medina Duarte, “Don Chapa”, como todos lo conocían; Don Julio Patrón y Don Vicente Erosa Cámara, buenos amigos yucatecos de mi padre.
Por fin se pondrían en realidad muchos años de pláticas y proyectos. Por fin podría yo poner en práctica, en un viaje de gran duración, los estudios que había hecho para obtener el título de Capitán de Yate “A” y mi experiencia en marinería, mecánica y radiocomunicación.
Viajamos a Acapulco, donde El Rey de Espadas acababa de salir del varadero en que se le había dado mantenimiento para garantizar aquella travesía por mar de miles de kilómetros. Después de las pruebas necesarias, el yate, realmente hermoso, alfombrado de blanco, quedó listo y lo avituallamos de agua, combustible y alimentos, contando los días y las horas que faltaban para zarpar.
Con cuatro hombres a bordo
Ya listos, recibimos noticias de nuestros invitados: “por motivos de trabajo “, los tres se habían disculpado y seríamos sólo cuatro quienes haríamos la travesía.
De Acapulco a Salina Cruz navegamos con buen tiempo. El equipo y el yate se portaron muy bien. Navegábamos con sextante, almanaque y cronómetro, tomando la posición de las estrellas, la luna o el sol para determinar nuestra ubicación, marcando rumbos en la carta marina, calculando corrientes y vientos, y estimando el tiempo hasta el siguiente cambio de rumbo.
A medida que los faros aparecían uno tras otro de acuerdo con nuestros cálculos, nos sentíamos tranquilizados al comprobar que como navegantes la estábamos haciendo muy bien.
Eso nos permitió seguir avanzando con confianza y seguridad a lo largo de las costas de Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica, ya que en todos esos países encontramos que los puntos de referencia de la costa ya no existían o habían cambiado, y que algunos faros estaban destruidos o no funcionaban. Todo dependía de nuestra pericia en la navegación y de que supiéramos fijar con exactitud la posición del barco todo el tiempo. Y así pudimos hacerlo.
Un yate de 53 pies de eslora, casco de acero y dos motores diésel, es un buen barco, lo mismo en la bahía de Acapulco que en mar abierto. Durante los primeros cinco días el viaje fue comodísimo. Ya frente a las costas de Nicaragua la tripulación se había acoplado perfectamente. La rutina de guardia establecida por el capitán se seguía disciplinadamente, en turnos de cuatro horas, con una persona a cargo de la navegación y otra pendiente del motor y los equipos.
Teníamos un excelente radio marino Apelco, pero en esos años no había muchos lugares a dónde comunicarse, y así fue que en el golfo de Fonseca nos tomó desprevenidos el inicio de una tormenta tropical que posteriormente se convirtió en huracán.
Fue una verdadera situación de emergencia, con vientos de 30 a 40 nudos, marejadas de cuatro a cinco metros (que nos parecían de 20), lluvia torrencial y muy poca visibilidad.
Las primeras dos o tres horas fueron las más duras. Pero tomamos todas las precauciones: revisamos bombas de achique, se afianzó todo el equipo, se reforzaron los amarres de los tambores de diésel que llevábamos a popa, se calentó café —con piquete, por aquello del valor— y nos preparamos a pasar una larga noche.
De pronto, sin piloto
Desde luego, se reforzaron las guardias, con dos hombres en el puente de mando en la segunda cubierta y otro pendiente de la máquina y las bombas de achique. El yate contaba con piloto automático hidráulico, pero de pronto dio una virada brusca sin explicación y nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado sin él.
Entonces comenzó la parte crítica. Sin piloto automático, el trabajo de timonear manualmente se volvió muy difícil, pues era de noche y casi no podíamos ver las olas.
Además, la falta de mecanismos hidráulicos hacía necesario un gran esfuerzo físico para mover el timón. El timonel no aguantaba más de media hora en el puesto y había que relevarlo.
Recibimos fuertes golpes de mar, se perdió el rumbo y casi en la madrugada comenzamos a hacer agua. Afortunadamente el temporal empezó a amainar y pudimos fijar nuestra posición con el sextante.
El barco no había tenido daños graves y pusimos rumbo al puerto de Corinto, en Nicaragua.
Mientras se reparaba el casco y dejábamos la mitad de fortuna del Lic. en gastos del puerto, varadero y “gratificaciones”, pudimos conocer aquel lugar y quedamos impresionados con las diferencias existentes en el modo de vivir de la gente: por un lado lujos, riqueza, muelles y servicios de primera; por otro, la población casi sin nada. Ahí nos dimos cuenta de que México es de lo mejor .
De Nicaragua a Panamá volvimos a tener buen tiempo y todo transcurrió sin incidentes. Hasta entonces habíamos navegado casi sin tener barcos a la vista, pero a medida que nos aproximábamos al canal, el mar empezó a poblarse por todos lados de cargueros, trasatlánticos, cruceros y pesqueros. Unos, igual que nosotros, afluían hacia el puerto de Balboa, en la entrada del canal; otros de ahí venían, después de haber cruzado desde el Atlántico.
Cita puntual; escala imprevista
Tuvimos suerte y pudimos atracar el mismo día que llegamos. En Panamá nos recibió y agasajó el embajador mexicano, Don Alejandro Gómez Maganda, buen amigo de mi padre.
Ahí recibimos noticias de casa y carta de la novia en que decía “todo bien” y “sigan adelante”. Abastecimos el yate e iniciamos el recorrido por el canal. Entramos a la primera esclusa junto con un enorme trasatlántico que nos hizo sentir la realidad del tamaño de nuestro yate.
Todo funcionó a la perfección. La esclusa se llenó y nos encontramos en un precioso río por el cual navegamos durante todo el día, disfrutando de la flora y la fauna de aquel paisaje selvático tropical hasta llegar a Colón. Aquí la última esclusa se vació y ya estábamos a nivel del mar Caribe.
Embarcamos la fayuca —en Colón, que es zona libre, se encuentra mercancía de todo el mundo— y la proa marcó rumbo noroeste después de tres días en Panamá.
La navegación de Colón a Isla Mujeres la programó el “Lic.” con una escala para abastecernos de combustible en el golfo de Honduras. Ahí nos trasegaría diésel un barco camaronero mexicano que cruzó el canal al mismo tiempo que nosotros. De ese modo podríamos llegar a Isla Mujeres sin tocar tierra.
La cita se cumplió puntualmente, pero la fuerte marejada no permitió el trasiego y tuvimos que hacer una imprevista escala en Honduras.
Eso fue una gran ventaja, pues pudimos conocer la isla de Guanaja y su hermoso y pintoresco poblado, que se encuentra a 500 metros de la isla y está totalmente construido sobre pilotes de madera en el lecho del mar. La gente, aunque habla inglés, es muy parecida a la de las islas del Caribe mexicano e igual de bondadosa y amable.
A diferencia de lo que nos ocurrió al entrar al Canal, cuando el Rey de Espadas empequeñeció al lado del trasatlántico con el que compartimos la esclusa, en Guanaja se agigantó a los ojos de los habitantes de la isla, donde sólo había botes pequeños y lanchas. Un yate de ese tamaño, tan lujoso y con casco de acero, era toda una novedad, así que visita oficial del alcalde, buena comida y algunos tragos a bordo. El “Lic.” volvía a ser magnate mexicano.
Al navegar en el Pacífico lo hicimos casi siempre a la vista de la costa; ahí la profundidad y la falta de arrecifes, islotes y bajos permiten cierta tranquilidad. En el Caribe las cosas son muy diferentes. Desde “El Corsario Negro” de las novelas de Salgari hasta la fecha, los marineros se andan con mucho cuidado por la cantidad de escollos que hay en las cercanías de la costa.
Aparte de la buena navegación y la seguridad del capitán, se necesita en todos los casos un práctico local. Por eso el rumbo de Panamá al golfo de Honduras y luego de Guanaja a Isla Mujeres, se estimó sin tener tierra a la vista.
Navegar en mar abierto a muchas millas de la costa es una experiencia increíble, por el vacío (no soledad), la marejada normal con olas impresionantes y la abundante vida marina.
Durante varios días lo único que vimos fueron peces voladores, delfines, peces vela, grandes aguamalas o “acorazados portugueses” con sus flotadores morados, y bufeos, o delfines como se les conoce generalmente, que en muchas ocasiones nos acompañaron.
El resultado de aquella aventura
La camaradería a bordo se reflejó en la confianza de equipo. Fueron muchas horas de plática, de relatar anécdotas de la vida de cada uno. El patrón y el maquinista habían hecho ese viaje en varias ocasiones y su trabajo fue perfecto. La navegación increíble. El faro, el islote, el cayo o la costa que habíamos señalado en la carta, aparecían ante la proa con una seguridad que hace a uno comprender que con el equipo adecuado se puede navegar por todo el mundo.
La travesía continuó como estaba programado, dejando a babor el arrecife del Chinchorro con una generosa cantidad de millas de tolerancia para no ser víctimas de las corrientes y terminar engrosando la lista de naufragios que han ocurrido en ese peligroso y famoso cementerio de buques. A partir de ahí, ya frente a suelo mexicano, los faros empezaron a aparecer en el lugar indicado, ¡y funcionando!: Punta Herrero, Punta Allen, Cozumel, Puerto Morelos, y por fin Isla Mujeres.
Ya estábamos en casa tras aquel viaje de casi cinco mil kilómetros. Una amistad de camarada con el “Lic.”, que perdura hasta hoy fue el resultado de esta aventura inolvidable.
El Rey de Espadas se rebautizó Tatich, que en maya significa jefe o autoridad, y en sentido figurado, abuelo. Con ese nombre navegó muchos años por el Caribe mexicano, hasta que pasó a otras manos.
